Las ramas cuelgan armoniosamente de una frondosa bugambilia que se encuentra en mi jardín; al ver esta planta viene a mí el recuerdo de cuando enterraron a Benito y en el montículo de tierra quedó, con una veladora, unas flores y una cruz. Esa escena fue presenciada sólo por mi hija, la vecina y el enterrador. Me entristeció el no estar ahí con ellos.
Cuando mi hija me dijo que tenía un amigo llamado Benito con el que se había encariñado mucho, no me sorprendió tanto, pero cuando se vino con él a esta ciudad no lo recibí con entusiasmo. Pensé que ese nuevo huésped iba a quebrantar mi tranquilidad.
Empezó a suceder lo que sospeché, vinieron las travesuras que me sacaban de quicio. Cuando lo regañaba me daba miedo, se quedaba viendo fijamente, pareciera que por el coraje le volaran los pelos y al dejar los ojos al descubierto, su mirada como si quisiera decir ¿y tú qué? Se me hinchaba la piel creyendo que me atacaría.
En la vecindad se fue haciendo popular por su nombre. Un día a mi esposo se le acercó un niño y le preguntó -¿por qué se llama Benito? si ese es el nombre del Benemérito de las Américas- a lo que mi esposo contestó que no era por Don Benito Juárez, sino por Benito Mussolini; la verdad era que
se llamaba así por Benito Bodoque, el amigo de Don Gato.
Benito empezó a salir de la casa, en ocasiones llegaba noche; yo era la primera en enfadarme y recriminar porque lo dejaban escapar; me daba temor que no regresara. En cierta ocasión, después de la medianoche, llegó haciendo sonidos extraños, bajamos corriendo por ver si algo malo le sucedía; metido debajo de la lavadora se retorcía de manera grotesca; lo sacamos con mucha dificultad, le abrimos el hocico, le dimos leche, pero ya no la pasó, el veneno invadía su cuerpo. Sentí su temblor y me di cuenta que ya no podía hacer nada por él así que lo solté. Mi esposo e hija lo siguieron moviendo con desesperación, hasta que se estiró. Nos quedamos mudos.
Enseguida me fui a la sala y lloré desconsolada, pero al mismo tiempo pensé en mi hija que enmudecida estaba sufriendo más porque se lo había regalado una persona que estimaba mucho. Como reprimenda dije con fuerza - eso sucedió porque nunca quisieron encadenarlo-. Yo ya me estaba encariñando con él.
La descendencia de Benito vive en la colonia, han aparecido perros con sus características. Benito me enseñó que también se quiere a los perros.
María Hilda Herrera Juárez
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