Por María Elena Zavala
Cierro los ojos y veo como la máquina del tiempo con la escotilla abierta me espera. Sin titubear me instalo dentro de ella. Con gran estruendo siento como arranca, rebasando la velocidad de la luz, sonido y tiempo. La encristalada ventana me muestra mi cara deforme debido a la fuerza de velocidad. Al mismo tiempo a través de ella veo pasar múltiples primaveras, veranos, otoños e inviernos. De pronto nos detenemos. Bajo, para dejarme llevar por una elegante mano varonil, blanca como la luna, en su muñeca en uno de sus dedos y en el puño de su camisa brillan reloj, anillo y mancuernillas atrayendo mi mirada; lo mismo que sus zapatos cafés del mismísimo tono que su meticulosamente planchado pantalón.
Me aprieta la mano firmemente y con gran delicadeza, como si yo fuera de porcelana y evitara romperme en mil pedazos.
Llegamos a un enorme portón, donde me espera una señorita uniformada quien tiene que usar la fuerza para desprenderme de aquella mano, que parece ser mi único refugio, volteo a verlo llorando para pedirle que no me deje, que no me abandone. Él voltea la cara, de manera que el sombrero se la cubra; sin embargo, alcanzo a ver como dos brillantes gotas mojan sus facciones, y que un juguetón rayo de luz al atravesarlas forma un arco iris en cada una de ellas.
Una vez dentro del colegio me dejo conducir dócilmente, rápido pasan las horas en el aprendizaje del silabario, de pronto suena alegre la campana que anuncia la hora del recreo, dejo salir a los más ansiosos. Con gran emoción me dirijo hasta el extremo del patio, con la mirada fija hacia arriba, para con gran alegría verlo, está en el balcón de ese enorme edificio gris, que es el Palacio Municipal, esta rodeado de señores vestidos igual que Él, con trajes, corbatas y sombreros. Pero él solo ve hacia donde estoy yo, agitando las manos para saludarlo y brincando como si pudiera alcanzarlo, y... así nos quedamos los dos viéndonos con inmenso amor.
La campana suena nuevamente y me obliga a alejarme de ahí, le digo adiós y entro al salón.
Cierro los ojos, nuevamente desfilan ante mi primaveras, veranos, otoños e inviernos, abro los ojos percibiendo un ambiente lóbrego. Veo gente vestida de negro me abrazan, me besan y dejan mi cara llena de agua de mar, ya nadie nunca me volvió a llevar de la mano, sola me transportaban en el camión del colegio.
Pero yo, todos los años restantes que salí al recreo, me coloqué siempre en aquél lugar a imaginarme que Él me saludaba todavía
Papá me abandonó porque la señora muerte decidió llevárselo.
Es triste, pero más triste es aquellos padres vivos; generan hijos huérfanos.
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