domingo, 7 de noviembre de 2010

El tomate inconforme con su naturaleza

Autor: Lic. Guadalupe Hernández Rivera


Esta es la historia de un tomate como cualquier otro:

     Atardecía en la finca de Don Bartolo, la cosecha de tomate era excelente, de gran calidad, se empezaron a llenar las cajas de madera con la preciada cosecha, etiquetándolas con la oblea de ISO 9002 para exportar a Estados Unidos de Norteamérica, específicamente a una industria de SALSA CATSUP.

    De repente salta de una caja, un tomate rojo brillante, robusto y con boina café, diciendo:

¡YO NO QUIERO IR A ESTADOS UNIDOS!  Porque a toda mi familia JITO y TOMATI los han hecho catsup.


     Para esto corrió, se escondió y luego vagó por la huerta: Como tomate líder (supuestamente el mejor), lo buscaron, y alguien lo encuentra para hacerlo SALSA para la cena, tampoco le parece y huye despavorido a refugiarse a la huerta de Don Tomás, salta a la canasta de semillas (sin saberlo). Amanece... Don Tomás se acerca apresuradamente a la canasta y mira al tomate rebelde y comenta:

- ¡Qué sano, robusto y jugoso tomate! Así como para extraerle la semilla, sembrarla y obtener una cosecha en dólares, como la de mi compadre Bartolo.


¡Oh destino cruel! - Atina a decir el tomate.

En eso el tomate siente fiebre y unos puntos le brotan en la piel; Don Tomás, al regresar por la canasta, observa al tomate y lo ve decaído y enfermo, asustado lo deja abandonado en el patio cercano a la carretera, por miedo a que fuera a contagiar a los otros tomates.


     El tomate se dijo asi mismo:

Ahora si, nadie me va a molestar, por fin.

 
Pero pasa el tiempo, la juventud y belleza sobre todo, poco a poco se le iba escapando, sumando a esto, que el tomate se encontraba triste y solo, inevitablemente ¡ENVEJECIÓ!,  ya no era rojo, robusto ni brillante y su boina la había perdido.

Ahora se dice que entre los tomates de las fincas cercanas a la carretera vaga sólo, triste y avejentado un TOMATE por negarse a cualquier destino, ¿o luchar por lo que él creía?

MORALEJA: En ocasiones, encerrarnos en nuestras propias convicciones o expectativas conlleva un precio. ¿Valdrá la pena pagarlo?

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